Dame datos pal depósito, le digo. El cubano, dueño del fon, quiere hablarme como pa saludarme; ni lo conozco. Intercambian ondas y me dice que de momento no le aflojan una cuenta que le dé yo unos minutos, que me vuelve llamar, que se va a mover y armar el tiro para chisparse del pedo. Quedo pendiente, le digo.
Me pongo los tapones, me siento ante la batería y pongo a la vista el fon pa q destelle cuando suene y no lo pueda escuchar. Corro la pista que debo practicar y comienzo. Mientras yo me ocupo de matizar, hacer acentos, contar compases y domar la pista, el Oveja se está meneando en la cárcel para sobornar, conciliar, abogar, acordar y hacer todo lo posible para no ingresar a una pesadilla de tortura, humillación y castigo.

Lo ha detenido la policía ahí dentro. Me llama en calidad de detenido dentro del tambo. Sigo practicando y atento a la luz del fon, que no suena. Sin querer, estoy marcando en mis tambores y platillos el compás y el tiempo a los que debe desafanarse allá adentro el pedo y de ser castigado en el castigo. Pinche wey...
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